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¡CONTUNDENTE! Hermana del embajador de Venezuela en Francia:“Michel, no puedes seguir callado ante tanta barbarie”

Andreína Mujica, hermana del Embajador venezolano en Francia, Michel Mujica, envió una contundente carta en la que lo emplazó a fijar posición frente a la ola represiva del gobierno de Nicolás Maduro.

Foto: REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

La hija del recordado dirigente del PCV y exdirector de la Escuela de Comunicación de la UCV, Héctor Mujica, le pidió con el corazón en la mano a su hermano que dé el paso y ayude a salvar vidas en Venezuela. 

“Te pido que te pronuncies en favor de la democracia, aquella por la cual nuestro padre dejó pegada su salud a punta de torturas, electricidad en los testículos, mientras su cuerpo colgaba sobre un rin afilado para cortar sus pies por cansancio”, dice parte del texto publicado por Tal Cual.

A continuación te dejamos el artículo completo: 

En el nombre del padre, en mi nombre y por la libertad, te pido perdón, hermano. Sé que esto te va a doler, porque una discusión de años ahora la hago pública. No tengo armas con que exigirte. Soy, como el resto de los venezolanos, una mujer “desarmada” pero con el poder de la humildad, te pido que des el paso que ayude a salvar vidas en Venezuela.

Tú, como embajador designado en los tiempos de Maduro; sí, Nicolás, el dictador más perverso, cínico y desalmado en la historia de las dictaduras de nuestro querido continente, te pido que te pronuncies en favor de la democracia, aquella por la cual nuestro padre dejó pegada su salud a punta de torturas, electricidad en los testículos, mientras su cuerpo colgaba sobre un rin afilado para cortar sus pies por cansancio.

Mi padre, nuestro padre, no soportaría tantas muertes, tantas torturas, tal injusticia. Estaría marchando como un abuelo en silla de ruedas. Y aunque él se fue de pie, sólo su cuerpo se convirtió en cenizas. No así su legado por un país al que le dedicó su vida política, familiar e intelectual. Héctor Mujica, es (no fue) ES, esa Venezuela maravillosa que hizo país después de lo que pensábamos sería la última dictadura.

Estos muertos son los nuestros, son tuyos y míos, pero yo no ostento una posición en el poder; tú sí, hermano, y confío en tu rectitud, en tu honestidad. Es preciso que te pronuncies. Es decir, debes ayudarme, ayudarnos y ayudarte. Tienes cinco hijas, mis sobrinas, cuatro nietos, que no merecen cargar con la vergüenza de un padre y abuelo que se quedó en silencio ante la barbarie.

Yo no lloro más que otros, ni rezo más que los creyentes, ni sufro más que los que se levantan en nuestra patria con el poco aliento gaseado para volver a las calles y protestar. También estoy lejos.

Tú, hermano, eres un protagonista de esta terrible época que nos ha tocado vivir. Tus palabras y acciones pueden ser ejemplo para otros funcionarios diplomáticos en el mundo. Esto tiene que parar. Nuestro país vive la muerte a cuentagotas. De miles que salen a protestar cada día pidiendo democracia, elecciones, desarme de los grupos paramilitares, mal llamados “colectivos”, restitución de los poderes de una Asamblea Nacional elegida por votación popular, destitución de magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, que dieron un golpe de estado, así como la exigencia de la liberación de más de un centenar de presos políticos, y apertura de un canal humanitario para salvar a los que hoy mueren de mengua.

Mi padre fue un preso político, torturado como los de ahora. Sí, nuestro abuelo, el doctor Pastor Oropeza, no hubiese levantado su voz contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez ninguno de nosotros hubiera nacido. Esto incluye a nuestros sobrinos y nietos. Yo te apoyaré hermano, tu serás nuestro orgullo y no parte del duelo con el cual ya convivimos.

El 4 de octubre de 1968, cuando apenas habían pasado 48 horas de la matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, el poeta Octavio Paz renunció al cargo de embajador de México en India. No podía ser cómplice de un gobierno autoritario que nuevamente utilizaba a Tlatelolco como piedra de sacrificio. Ahora, para asesinar a sus jóvenes.

Cuarenta y ocho horas, Michel, con tan sólo una carta dejo claro en la historia su posición ante los viles que asesinaban sin la menor sombra de arrepentimiento. Estoy fracturada Michel, como todos, ayúdanos a recobrar la dignidad y la esperanza. Venezuela merece, por lo menos, esto.

Con todo mi amor y respeto, hermano, espero tu comprensión, no por mi, sabes que nunca te he pedido nada. Ahora no tengo otra salida. Callar es morir un poco.

Con información de Tal Cual

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