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¡TERRIBLE ESCASEZ! Este es el video en un supermercado que Maduro no quiere que veas

Para una persona normal, de cualquier país normal, podría resultar escandaloso y hasta incomprensible que los pocos medios de comunicación independientes que quedan en Venezuela se refieran tan frecuentemente a la escasez de productos. Cualquiera podría poner en duda que a un habitante de este país le resulte una odisea digna de J. R. R. Tolkien comprar un kilo de leche en polvo o un desodorante pues, si a la lógica nos ceñimos, deberíamos tener entonces los índices de desnutrición más elevados del planeta o, por lo menos, la atmósfera más fétida del continente americano.

Si tomamos en cuenta que, para los venezolanos, hasta las penurias colectivas más incoherentes terminan siendo un chiste (al estilo de “chamo, eres más difícil de encontrar que un rollo de papel tualé”); el desprevenido lector de otras latitudes estaría constantemente tentado por la lógica a concluir que la situación no puede ser tan mala. Vamos a estar claros, ¿qué persona trabajadora estaría tranquila viviendo en la incertidumbre permanente de no saber cuándo será la próxima vez que podrá comerse esa pechuguita de pollo a la plancha que el médico le dijo que tenía que incorporar como el principal alimento de su dieta?

Analistas, economistas, periodistas y twitteros disociados que desde cuentas anónimas atentan contra la estabilidad mental de muchos de mis compatriotas, se limitan a los números para ilustrar esta puesta en escena post apocalíptica. Obviamente, en un país donde conocer los indicadores oficiales es más difícil que saber quién engañó a Roger Rabbit, cualquier porcentaje que salga a la luz pública es un notición.

Así pues, terminamos en una maraña abstracta de “pseudo información” en la que, si me llegasen a preguntar desprevenida por allí, me metería en el personaje de cualquier director de encuestadora y daría a conocer mis propias cifras: 56% de escasez de autopartes, 48% de escasez de medicinas, 68% de escasez de hostias y 60% de escasez de urnas… solo por poner un ejemplo. Me bastaría hacer un levantamiento de información rudimentario entre mis familiares y amigos para calcular al ojo por ciento esos datos.

Pero la cosa cambia cuando llevas esos números a historias, experiencias, frustraciones y profundas estados de atragantada ira que pueden transformar los dígitos que acompañan al símbolo de porcentaje en temerarias evocaciones a las progenitoras de quienes conducen la economía de la Patria.

En un país donde mucho antes de que un inversionista privado acaricie la idea de incorporar su dinero a la dinámica económica nacional, ya tiene la nube negra de una expropiación arbitraria flotando sobre su cabeza; donde ya casi nada se produce e importar es el negocio más rentable del mundo, gracias a la cloaca en la que se ha convertido la asignación de dólares preferenciales; y donde los empresarios y comerciantes que pagan impuestos y deben honrar una Ley del Trabajo asfixiante son perseguidos y acusados de los delitos más incomprensibles; ¿cómo carajo se puede satisfacer la demanda de productos que, por Ley, deben venderse a un precio más bajo del que cuesta producirlos?

En consecuencia, los supermercados venezolanos se han convertido en tiendas especializadas en golosinas, donde solo se consiguen refrescos (sodas, gaseosas), snacks pre empacados y algunos embutidos (importados, obviamente) a precios que para la mayoría de los hijos de Bolívar son sencillamente impagables. Los vendedores informales (que no cumplen ninguna de las formalidades atribuidas al comercio legal en nuestro país y, por el contrario, son fuente distorsiones económicas, sociales y hasta ambientales a su paso) ofrecen los productos a precios muy por encima de la regulación, sin que sufran ninguna consecuencia por el delito que tal acción representa.

Ahora, si de verdad quiere saber lo que se siente ir a un supermercado en Venezuela, lo invitamos a ver este video. Recuerde que una cosa es leer un número, frío e intangible; y otra muy distinta recorrer local tras local, soportando largas colas, fuertes temperaturas y malos tratos; mientras piensa en esa pila de ropa que no tiene con que lavar, esa medicina que su mamá necesita, o ese repuesto que le hace falta para poner a andar su carrito; mientras escucha como disco rayado la frase más popular en la Venezuela socialista del siglo XXI: “No hay”, reseñó el portal de Lea Noticias.

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