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¡VIVIENDO DE FALSAS PROMESAS! En completa miseria y desidia viven en las “casas de Chávez”

El grifo del lavaplatos de Deris Reyes está al revés: el tubo no sale del lado de la pared, sino del de donde uno se para. Era la única forma de instalarlo“, le explica a BBC Mundo en la cocina de su apartamento de Misión Vivienda, el proyecto de vivienda social del gobierno bolivariano de Venezuela.

“El apartamento me lo entregaron sin terminar, y el lavaplatos que me conseguí no sirve con las tuberías de acá”, cuenta entre risas sobre un detalle que para ella ilustra que la casa prácticamente la ha construido ella misma, “con las uñas”.

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Su casa tiene puertas, marcos de ventana y hasta inodoros distintos en marca, color y tamaño a los del apartamento de al lado.

Pero a pesar de los problemas, Reyes y sus vecinos son afortunados: a diferencia de muchos de estos complejos sociales, el suyo está en medio de un centro urbano, el sector de La Urbina, en el este de Caracas.

Deris dice estar “eternamente agradecida” por su vivienda, pero eso no impide que se refiera a cosas que para ella faltan, como espacios recreacionales.

“Las piedras es lo único que tienen con qué jugar”, señala, mientras unos niños al frente del edificio corroboran su comentario.

En Misión Vivienda se unen problemas y beneficios: cientos de miles de personas han recibido la casa que nunca habrían podido comprar, pero hoy muchas de ellas se quejan de que es deficiente o insuficiente.

Mientras tanto, el déficit habitacional en Venezuela –el número de personas que no tienen una vivienda formal– sigue siendo un problema que el mismo gobierno socialista admite.

Para este reportaje BBC Mundo intentó durante cuatro meses y a través de varios mecanismos hablar con el ministro de Vivienda, Ricardo Molina, pero nunca se concretó la entrevista. Asimismo tratamos de hablar con especialistas de la alcaldía del Libertador en Caracas, también sin éxito.

Boom de construcción

Aunque los hay de varios colores, tamaños y materiales, los edificios de Misión Vivienda tienen algo en común: la firma del expresidente Hugo Chávez –la famosa “rabo e’ cochino”– estampada en al menos una pared de cada complejo.

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Estas son, en el lenguaje de los residentes, “las casas de Chávez”.

Cuando llegó a la presidencia, en 1999, Hugo Chávez puso como una de sus prioridades luchar contra la vivienda informal.

Según cifras oficiales, al menos 1.500.000 personas no tenían una habitación digna en ese momento.

Durante sus primeros años en el poder, el entonces mandatario instaló varios programas sociales para intentar atender el déficit.

Las condiciones eran propicias: entre 2004 y 2008, Venezuela vivió uno de los períodos de mayor bonanza en su historia gracias a los altos precios del petróleo, la mayor fuente de ingreso del país.

“Gracias presidente”

Pero fue en 2011, después de unas fuertes lluvias que dejaron a cientos de miles de personas sin hogar, que la construcción o sustitución de viviendas se convirtió en una de las políticas más ambiciosas de su gobierno.

Tras las lluvias, la construcción creció en más del 10% durante dos años.

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Eso generó una suerte de boom en el sector que permitió mantener el crecimiento de la economía, pese al golpe que significó la crisis financiera global.

En 2012, además, Chávez estaba en la que terminó siendo su última campaña presidencial, un motivo para invertir más en lo social hasta puntos que incluso exfuncionarios del gobierno –entre ellos quien fuera el cerebro de la economía chavista, Jorge Giordani– han considerado irresponsables.

El logo de dicha campaña, una imagen de los ojos de Chávez, hoy se ve en cientos de estos edificios, como si el expresidente, quien murió de cáncer en 2013, aún los estuviera mirando.

Una de las beneficiadas fue Ada Martínez.

Madre de tres niños, Martínez vivía en el sector de La Montañita en el barrio popular de Petare, en Caracas, un sector empinado con casas informales aglomeradas en pequeñas zonas.

Durante las lluvias, le cuenta Martínez a BBC Mundo, “una piedra del tamaño de un escritorio cayó sobre la casa, mató a mi hija de 3 años y al resto nos dejó encerrados por horas”.

Martínez pasó un año en un refugio, hasta que le asignaron un apartamento de Misión Vivienda en El Morro –también cerca de Petare– que tiene decorado con un afiche de Chávez que dice “Gracias presidente por darme una vivienda digna. Unidad, unidad, unidad”.

Arreglos sin hacer

Hasta ahora el gobierno estima haber entregado 700 mil viviendas en total, pero en 2014 no cumplió con el objetivo de dar 400 mil: llegó a 127 mil.

“No fue un buen año”, admitió al respecto el vicepresidente, Jorge Arreaza, en su rendición de cuentas ante la Asamblea Nacional en febrero de 2015.

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Durante los últimos dos años el sector de la construcción ha decrecido.

Y hoy el problema es más grande: el déficit habitacional es de 3 millones, de acuerdo a la Cámara Inmobiliaria de Venezuela, una asociación privada que agrupa al sector de la construcción.

Este 2015 el gobierno se volvió a comprometer con 400 mil viviendas, pero se enfrenta –incluso más que años anteriores– a una dura crisis económica, que se ilustra en una inflación del 68% en 2014 según cifras oficiales, contracción del Producto Interno Bruto y escasez de varios productos, entre ellos materiales para la construcción.

Además, durante los últimos ocho meses los precios del petróleo han bajado a niveles incluso más bajos de los estimados por el gobierno.

El presidente, Nicolás Maduro, ha dicho que la caída del precio del crudo no afectará la inversión social.

Aunque Marelbis Mena, una de las organizadoras de la comunidad en la Misión Vivienda de La Urbina, asegura que ya ha sentido los efectos de la recesión.

Según le dice a BBC Mundo, el complejo necesita recuperar unas entradas, pavimentar las áreas comunes, poner unas ventanas e instalar impermeables en las terrazas, entre otras cosas.

“Y ninguno de esos arreglos nos los ha aprobado el ministerio (de Vivienda)”, apunta.

Mena, que se define como chavista y está extremadamente agradecida por lo que tiene, pasa el día vendiendo cerveza fría a los taxistas y autobuseros que se estacionan y lavan sus automóviles al frente del complejo. Ponen música, hace sol casi todos los días, parece sábado cuando es lunes.

Pero cuando habla con BBC Mundo, reconoce que hay cosas que pueden mejorar: además de los arreglos puntuales, la construcción del complejo –que según los teóricos de la vivienda social debe ir acompañado de una infraestructura que permita hacer vida alrededor del edificio– se quedó incompleta: “No tenemos enfermería, escuela ni supermercado”, dice.

“Por eso los chamos (niños) son tan dados a la delincuencia”, afirma.

Silencio y delincuencia

Muchos venezolanos no se atreven a entrar a un complejo de Misión Vivienda por el estigma que tienen de violentos.

BBC Mundo siempre fue de día y con un conocido local a manera de guía. No tuvimos problemas.

Pero los reportes en los medios locales de que Misión Vivienda –sobre todo en Caracas, la ciudad más violenta de Sudamérica– está “tomado por la anarquía” son frecuentes, sobre todo en la prensa opositora.

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De acuerdo a esos reportes, el complejo de La Paz, cerca del centro de la capital, está tomado por cuatro bandas que tienen repartido el territorio.

Los delincuentes lo usan como punto de partida de su operación: allí estacionan motocicletas robadas y venden narcóticos, afirma la prensa de sucesos.

Ocho personas vinculadas al caso del diputado Robert Serra, quien fue asesinado en octubre de 2014 en Caracas, fueron arrestadas en ese mismo complejo.

Pero no todos son así.

En La Urbina, Mena explica que al principio “hasta asomarse por la ventana por las noches” era peligroso.

Pero después de lo que llama una “depuración de la policía”, hoy el ambiente es relativamente pacífico.

La violencia es menor aún en Altos del Dividive, en Charallave, dos horas al sur de Caracas, según dos vecinas de la zona que pidieron no revelar su nombre. Las llamaremos Marta y María.

El Misión Vivienda donde viven está entre las frondosas montañas del trópico venezolano. El viento que sopla es fresco, se escuchan guacamayas, la temperatura promedia los 25 grados.

“Acá se vive muy bueno”, dice Marta. “Porque no tenemos la bulla de Caracas ni la delincuencia”.

“Acá puedes dormir con la puerta abierta”, asegura, una apreciación que no cualquier venezolano puede hacer.

Pero Marta y María están insatisfechas: de hecho, pidieron no revelar su verdadero nombre para poder hablar sin tapujos.

“Efectos secundarios”

María Isabel Peña es, como directora del Instituto Urbanístico de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela (UCV), una de las académicas que más ha seguido el tema de Misión Vivienda.

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Tras varias conversaciones, Peña no quiso responder a la pregunta de si Misión Vivienda es un proyecto bueno o malo.

Un viernes por la tarde finalmente me escribió: “La verdad es que sí considero que es un beneficio para muchos, pero que como no ha sido planificado de manera integral, trae efectos secundarios negativos sumados a sus aportes favorables”.

Para ella, el problema principal es la falta de planeación en la construcción de los complejos.

“Por la falta de visión no se previó las otras necesidades que tienen los nuevos habitantes: infraestructuras (como luz, agua, gas, recolección de basura), vialidades y otras formas de movilidad y equipamientos (como escuelas, hospitales y ambulatorios, bibliotecas, centros culturales)”, le dice a BBC Mundo.

Marta y María están de acuerdo: la única forma de trabajar, estudiar o comprar en Altos del Dividive es desplazándose en un jeep que pasa esporádicamente por el complejo; después en un bus hasta la estación de tren y, una vez en la ciudad, tomar el metro o un bus hasta el destino final.

“Si no hay trabajo ni escuelas para los niños, ¿para qué hacer tanta vivienda?”, se pregunta Marta.

Por Daniel Pardo / BBC Mundo

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