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¡BIEN CLARITO! Aquiles Esté: “Llámenlo como quieran, pero lo de Maduro es una dictadura”

Para Aquiles Esté -especialista en comunicación política, analista de la realidad de Venezuela, su país, y profesor y publicista de gobiernos, empresas y marcas en Miami- es en vano hablar de ideología cuando se trata de comprender lo que sucede hoy bajo el gobierno de Nicolás Maduro.

Aquiles Esté nació en Venezuela, donde se graduó en Comunicación; se doctoró en Semiótica en San Pablo, Brasil; trabajó como asesor de imagen política en Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Belize y Panamá, entre otros lugares; enseñó en la Universidad de Nueva York; publicó -entre otros libros- Cultura replicante. Pensaba, al final de ese periplo, volver a Venezuela. Pero vive en Miami, donde se fue quedando. Volver a su país se hizo cada vez más difícil.

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“El chavismo fracasó”, dijo. “No es la opinión de un opositor. Son los hechos: no puede haber tenido éxito porque todos los días quedan tendidas en la calle 60 personas inocentes. La vida, que es el derecho básico, está garantizada en otros países mucho más pobres que Venezuela. Si eso no es mínimamente garantizado allí, es un indicativo de que ese proyecto político fracasó. Por eso insisto: no es una discusión ideológica. Es un fracaso, y es un fracaso desde hace tiempo.”

La discusión ideológica, dijo a Infobae, “es el cuadrante donde el chavismo quiere poner el drama venezolano”.

Él, argumentó, prefiere ignorar la agenda bolivariana: “No quiero entrar en esa pobretología, que el chavismo es el intérprete de los pobres. El problema no pasa porque se monte un gobierno de derecha sino porque haya unas instituciones que pongan al ciudadano primero. Que es simplemente como lo ordena la ley vigente en Venezuela. La cuestión es cómo rescatamos la libertad y la dignidad de los venezolanos.”

—Si la crisis va más allá de que si se cumplió el proyecto bolivariano o no, ¿cuál es su proyección en el mediano plazo de la situación en Venezuela?

—Muy infelizmente veo al país como un Estado en riesgo de disolución. No hay instituciones en Venezuela: las instituciones sólo sirven para perseguir disidencia. La realidad es que la población está completamente a su suerte en todo lo que respecta a los derechos civiles, económicos y políticos. La situación es verdaderamente dramática y los estados democráticos del área de influencia miran para otro lado. A Venezuela le quedan minutos para reestablecer un mínimo tejido social e institucional; si no, va a ser un estado fallido.

—¿Cómo sería en el caso concreto de Venezuela?

—Sé que es una marca devaluada, que todo el mundo habla de estados fallidos aquí y allá, pero concretamente es aquel donde las instituciones no brindan las mínimas garantías ni económicas ni políticas ni civiles para que la gente se ponga de acuerdo y todo funcione. El Estado es un regulador de la vida de la gente; cuando esa regulación se pierde por completo, cada quien hace lo que le da la gana. Eso es lo que pasa en Venezuela. La vida no vale nada: puedes matar o robar y eso no tiene castigo; puedes emprender un negocio, tener una empresa, y el Estado te la puede quitar, sin garantía, juicio o reposición de lo que te corresponde por derecho… En un Estado fallido hay una situación de todos contra todos, y eso ya se ve en Venezuela aunque muchos no quieran registrar esa realidad.

—¿Nunca ha sido detenido?

—Nunca me han detenido, pero he sido acosado y perseguido. No por mi acción política directa (soy un consultor político, y ¿a quién le interesa un publicista preso?), pero en virtud de las campañas que les hago a mis clientes me han llevado a la Policía Política, o se han metido en mi oficina y me han secuestran data, o se han llevado computadoras… Y sigue sucediendo ahorita, mientras estoy en Miami. Eso da una idea del estado de acoso y de paranoia en que se vive allá.

Él se fue por una decisión laboral, pero se imaginaba que a los 50 años volvería a su país. “Pero ahora los venezolanos somos inmigrantes”, comentó.

Según el documental Caracas, ciudad de despedida, dos de cada tres jóvenes, de todas las clases sociales, se quieren ir de Venezuela.

“La cifra que manejo —objetó Esté— es que el 58 por ciento de la población se quiere ir. Por eso creo que la discusión no es ideológica, sino que tiene que ver con las libertades y con la dignidad. Por eso los venezolanos se están yendo del país: van a buscar la dignidad en otros países donde haya libertades”.

No se trata de un valor abstracto, definió: “La dignidad es que te respeten la vida y tus opiniones; que tu existencia como ser humano sea tomada en cuenta. Y ese déficit de dignidad no lo viven solamente los sectores medios: lo viven los sectores pobres, que también se quieren ir del país. Yo nunca imaginé que iba a estar viviendo en Miami. Nunca, nunca. Le tengo mucha gratitud a Miami, pero no me imaginaba: me imaginaba que iba a desarrollar mi carrera en Venezuela, ver crecer allí a mi familia. No fue posible.”

Recordó que a la salida del pueblo de Garachico, en Tenerife, sobre una base de roca, el Monumento al Emigrante muestra a un hombre que parece lanzarse al mar. “Carga varias maletas, y en lugar del corazón tiene un hueco”, dijo Esté.

Es curioso que la obra de Fernando Garciarramos haya sido inaugurada por autoridades canarias y venezolanas: durante el siglo XX, los jóvenes del norte de Tenerife emigraron mayoritariamente a Caracas.

“Ser inmigrante es una cosa fabulosa pero también es una tragedia”, dijo Esté. “Ese hueco en el pecho se nos abrió a los venezolanos de repente.”

EL MODELO DEL DICTADOR PETROLERO

En su cuenta de Twitter, el analista político suele caerle al presidente venezolano: “Maduro no tiene proyecto político. Su único objetivo es seguir al mando de una camarilla criminal”; “Nicolás se ganó el Honoris Causa en el subibaja”; “La imagen del ilegítimo aterrizando en un avión cubano dice quién es realmente Maduro y quiénes los militares que lo mantienen en el poder”.

Dos años atrás, en una entrevista con Jaime Bayly, Esté dijo que el mejor año del gobierno de Maduro ya había pasado, y que seguía una crisis socio-económica inédita. Actualizó sus opiniones.

—¿Qué diría hoy? Y dado el cuadro actual, ¿qué proyecto político tiene Maduro?

—Maduro ya ni siquiera tiene discurso. Si escuchamos de cerca, si revisamos históricamente qué tipo de personaje es Nicolás Maduro, veríamos que debería salir del poder. Es el clásico líder de transición. Hay un líder fuerte, que pierde la vida o sale del poder o desaparece, y queda un segundón, un pelele, un pelmazo. Eso ha pasado en Argentina, con Perón… Él no es Perón, él no es Chávez: él es Maduro, un sujeto al que le cayó el poder.

—¿Carece de liderazgo propio?

Este señor es un segundón histórico, no puede llegar muy lejos… porque ¿quién es madurista? No ha nacido ese venezolano. Nadie lo respeta, nadie lo quiere, nadie lo aprecia, nadie está pendiente de lo que va a decir, es una figura que no manda sino que gerencia, gana poder día a día. Eso es Maduro. En el libro, deberían venir fuerzas de un lado y de otro a reemplazarlo. Pero en la práctica la situación es otra. Y estamos hablando de un estado petrolero, un rasgo que conviene diferenciar.

—¿A qué se refiere?

—Los dictadores petroleros —y ésta es una dictadura petrolera—, figuras como Muammar Khadafi, no son los dictadores de derecha o de izquierda clásicos. Sólo salen a palos: eso es lo que ha mostrado la historia. No han salido con elecciones, no han salido con procesos institucionales. Sólo han salido a palos, con procesos intensos de insurgencia civil.

—¿Cómo se imagina el escenario en Venezuela?

—Tenemos una generación de políticos que en su inmensa mayoría vivió en democracia: no se preparó para enfrentar una dictadura y no tiene a la mano las herramientas de la resistencia. Sus métodos, por default, son los métodos de la democracia, cuando la realidad es que estamos enfrentando un régimen híbrido. Unos lo han llamado neodictadura, o dictadura posmoderna; yo prefiero decir que es un régimen híbrido en el sentido concreto de que combina una fachada democrática con métodos que al final del día son autoritarios y represivos. Creo que para enfrentar y derrotar un régimen así sólo se puede usar un método híbrido, que juegue en los dos tableros: que combine los métodos de la democracia con los métodos de la resistencia.

UNA RESISTENCIA HÍBRIDA

La propuesta de Esté sonó polémica. Amplió el contexto de ideas: “Sé que es una discusión, pero es una dictadura en el sentido en que una camarilla conculcó las libertades políticas, económicas y civiles. Hugo Chávez y su segundón han tenido un solo tema: el poder. Si en Venezuela hubiera estado Fidel Castro en el poder, Hugo Chávez le daba un golpe de Estado. El tema del chavismo es el control del poder”.

La resistencia, enfatizó, “no es un método fuera del canon democrático: la protesta civil es parte del canon en todos los países democráticos”.

Pero para organizarse como resistencia la oposición debería dejar de considerarse tal, ilustró: “La oposición es un término funcional de la democracia. La oposición en un país puede tener la mayoría del Congreso, gobernar algunas provincias del país… La oposición gerencia el Estado junto a los que están en el gobierno. Se le puede llamar neodictadura, dictadura posmoderna o dictadura híbrida, pero lo que hay en Venezuela es una dictadura. Si estamos de acuerdo en que hay una dictadura, tenemos que estar de acuerdo en que a una dictadura no se la enfrenta con oposición. La oposición es para confrontar en los términos del juego democrático a alguien que está en el Poder Ejecutivo.”

Puso como ejemplo las elecciones que se celebrarán a fin de año: “Nuevamente con las cartas marcadas, con un árbitro parcializado, con condiciones electorales totalmente asimétricas para los sectores democráticos. No vamos a hacer valer esas elecciones si no hay una operación de resistencia para hacerlas valer. De lo contrario el chavismo no va a salir del poder; sería la primera vez que una dictadura petrolera abandona el poder por métodos democráticos. Eso no se ha visto.”

Esté aseguró que ese modelo es más que una hipótesis, que ya ha funcionado.

“El año pasado, a raíz de los eventos que se iniciaron en febrero con la revuelta de los estudiantes, metieron preso a un alcalde, Daniel Ceballos. La esposa, Patricia Gutiérrez, corrió como alcaldesa e impuso su triunfo con resistencia. No sólo votaron por ella: ella impuso su triunfo en las calles. Perfectamente le podrían haber robado la elección, pero ¿por qué no sucedió eso? Porque la gente estuvo allí, en la calle, en las mesas, reclamando, contando voto a voto. Así funciona. Ningún gobierno aguanta al pueblo en la calle. El pivote para el cambio es que la oposición entre en otro cuadrante de batalla.”

Enfrascarse en la ruta electoral únicamente le parece peligroso: “Este sector puede quedar completamente barrido, minimizado a un papel estrictamente instrumental. La historia lo va a juzgar como el gran legitimador de la dictadura híbrida, un papel muy triste. Creo que la dinámica de los eventos puede forzar la situación para que se llegue a un acuerdo, se vea que la resistencia y la vía electoral no son contradictorias, y se eche mano de una estrategia híbrida. Pero no veo un liderazgo capaz de impulsar esa unión, no ha surgido. Hay voces que tienen ese perfil pero no tienen ese ascendente.”

LA CUESTIÓN DE LA DIGNIDAD

“Hecho en socialismo”, tuiteó Esté para calificar la noticia del flujo creciente de venezolanas que viajan a Colombia para prostituirse. Como la inflación que reduce los salarios o la escasez que crea desigualdad y mercado negro, el analista político consideró el dato como otra señal del daño a la dignidad de los ciudadanos.

—¿El límite es la libertad o la dignidad?
—Cuando vivía en Venezuela iba a la notaría y sentía el acento cubano de los funcionarios que decidían si te sellaban un papel o no. Dominan el sistema de identidad nacional, los pasaportes y las células de identidad. ¿Por qué los venezolanos aceptamos eso? Eso no es un tema de libertad, es un tema de dignidad.

—¿Por qué importa esa diferencia?
—Porque el ser humano no puede vivir sin dignidad. La dignidad es el principal valor de la vida humana. Mandela decía: Puedes estar preso, pero tienes dignidad. Te pueden quitar la libertad, pero la dignidad no te la pueden quitar si tú la defiendes. Los venezolanos tenemos que reencontrarnos con ese valor. Porque al final del día lo que se pisotea es la dignidad venezolana. La vida no vale nada: no importa que te maten en la calle como un perro. Tienes que hacer colas infinitas para comprar enseres básicos. No tienes a quién reclamar tus derechos más mínimos. Pongo un ejemplo que explica los demás: ¿cómo es que un presidente se enferma y se va tratar a otro país? Independientemente de que sea Cuba, Francia o los Estados Unidos. ¿Cómo se le explica eso a los ciudadanos?

—¿Cómo se rescata ese valor?
—No quisiera sonar sermoneador; quisiera sonar casi como quien plantea un problema técnico de gerencia de la vida: cuando uno se reencuentra con la dignidad, puedes decir qué está dispuesto a hacer y qué no estás dispuesto a hacer. Es una encrucijada a la que todos los seres humanos llegamos en algún momento de la vida. Y el pueblo venezolano llegó a esa esquina ya hace rato.

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