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¡PARA LLORAR! Madre de Adriana Urquiola cuenta sobre la pérdida de su hija y el dolor que dejó

Esta es apenas una entre miles de historias de madres que entierran a sus hijos por la delincuencia y violencia armada en Venezuela. La impunidad parecer ser la progenitora de tanta orfandad.

La herida no me alcanza, te espero en el cielo, porque mi alma no descansa

“Adriana solía cantarme esa canción cuando era pequeña. Ahora pienso que ella sabía cuál era su misión”.

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La voz de Manuela Pérez, madre de Adriana Urquiola, no titubea cuando cuenta cómo sucedió la muerte de su hija. Confiesa que su fuerza para hablar del tema viene de las palabras de aliento que Dios le susurra como gota a gota al oído. Sin embargo, en medio de uno que otro suspiro se cuela el pesar de una madre que vio partir su sangre. Ni ella comprende cómo puede contar tantas veces la misma historia: Adriana Urquiola, su hija de 28 años y que tenía cinco meses de embarazo, fue herida en medio de un tiroteo mientras intentaba bajarse de un autobús incendiado en las manifestaciones de los primeros meses del 2014. El 23 de marzo Urquiola y el bebé que llevaba en el vientre, dijeron adiós a este mundo. “Hay momentos en los que estoy contando cómo pasó todo y olvido que se trata de mi propia hija. Es como si buscara de protegerme y salirme de mi vida por un ratico”.

Manuela es una mujer con pantalones. Tuvo dos niñas a las que levantó sin ayuda de nadie. Hacía malabares para mantenerlas bien alimentadas y al mismo tiempo no perder de vista ningún acto cultural en el colegio. Hoy en día su temple no ha cambiado. Sigue defendiéndolas a capa y espada aunque una esté en el cielo. “Lo que más me duele es que yo luché por criar a dos grandes mujeres para que después un inepto quisiera arrebatármela”. Adriana Urquiola era una joven que trabajaba en Venevisión como traductora simultánea de lenguaje de señas. “Muchos le decían el puente que conecta dos mundos. Oyentes con sordos”. Intentaba ser madre por segunda vez, pues algunos años anteriores había tenido una pérdida. “No tengo foto con su barriguita, pues no queríamos ilusionarnos con este bebé, pues ella ya había perdido uno”, comenta.

Manuela dice con orgullo que ella no deja de encargarse de Adriana, ahora lucha por sembrar conciencia a todos con su muerte. “Yo estoy dispuesta a hablar con todos los medios si es posible. Venezuela está dividida por ideologías políticas. Creo que asuntos universales como la muerte de alguien pueden ayudarnos a entender que hay cosas más importantes que este enfrentamiento”. Ella sabe que debe lidiar con la ausencia de su hija todos los días, no obstante, la usa para que los demás se den cuenta que todos somos “blanco” para los actos de violencia, nadie está a salvo en Venezuela de la inseguridad, de las balas.

“Cuando mi hija y yo veíamos lo que estaba pasando en febrero del 2014 pensábamos que éramos ajenas a todo eso. Por el simple hecho de no estar en la calle protestando, pensamos que jamás nos podría pasar a nosotras”, dice. Más tarde se dieron cuenta que en tiempos de crisis los escudos se doblegan. Y las madres no descansan en eso de esperar a los hijos cuando salen naturalmente del abrigo materno. “Ese domingo habíamos quedado en vernos. Yo no pude luego, así que cancelé nuestro encuentro”. Y aunque Urquiola no pudo verla aquella vez, dice con orgullo que: “disfruté a mi hija en cada etapa de su vida”.

Alma que no cumple la pena

Johnny Bolívar fue el asesino. Un delincuente que ya estaba en la lista roja de Interpol por secuestros y robo. Él aseguró en una entrevista para El Nacional, el 30 de marzo del 2014 que: “Mi intención no fue matar a nadie. Si hubiese disparado contra la protesta hubiese más muertos. Al llegar a casa busqué lo que pasó y vi que había una persona herida y una mujer muerta, embarazada. No soy un asesino, me preocupé por la situación y supe que las autoridades solo tenían tres letras de la placa del carro; la tercera errada. Si pudiera regresar el tiempo lo haría, me siento muy mal por la muerte de Adriana Urquiola”.

“La policía sabe muy bien quién es. Un fiscal me llegó a decir a mi ‘señora él no lo hizo a propósito, se estaba defendiendo de todo el caos que había en el momento’ ”. Johnny tiene porte de armas, también placa policial. El caso se encuentra en “estudio”. “Si las autoridades hubiesen hecho lo que tenían que hacer ese hombre no hubiese estado libre en el momento que le disparó a mi hija”, dice Manuela. Después de los sucesos Manuela comenta que, en los novenarios de su hija, alguien le dijo que Johnny quería hablar con ella. Pero no aceptó.

Tiempo después supo que el agresor está libre en algún lugar de Venezuela, el único país en el mundo donde puede andar impune por las calles. “Llegó a amenazar a Jenny Oropeza, una periodista, por hablar de más del asunto”, comenta la madre.

Madre en tiempos de cólera

“Ser mamá en Venezuela significa educar a tu hijo mejor que nunca. Dándole todas las herramientas para que pueda salir a la calle a sobrevivir. Es estar preocupado por no saber dónde está o si están a salvo. Es la angustia de querer protegerlo pero a la vez dejarlo ir y ser libre”. Manuela Pérez.

Información de: El Estímulo.

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