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¡LA PREGUNTA DEL MILLÓN! ¿Me quedo o me voy de Venezuela? por Carlos Dorado

Quizás esta sea una de las preguntas que más nos hacemos últimamente los venezolanos. Y más allá de la respuesta que cada uno pueda darse, quisiera como un humilde homenaje a todos los que se han ido, transcribirles un pasaje de mi libro: “A la madre que me pario”

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“¡Nunca me gustaron las despedidas! Quizás por el hecho de que siendo muy niño, mis padres, escapando de la miseria de una España empobrecida por las secuelas de una guerra civil, decidieron buscar fortuna en Venezuela.

Fue un 21 de septiembre, y salimos a las cuatro de la mañana para Madrid. Mis padres dejaban atrás a mis cinco hermanos, llevándome con ellos en la aventura, por la sencilla razón de que era el más pequeño. En ese momento la emoción por viajar, por saber que me iba a montar en una de esas cosas que volaban, y por el hecho de que iba a conocer América, no me permitieron entender la inmensa tristeza del momento y la transcendencia de esa decisión.

Hoy no tengo palabras para describir lo que significó esa despedida para mis padres. Mi padre, se metió inmediatamente en la parte de atrás del carro, con la cabeza agachada. No quería despedirse de mis hermanos. No quería que lo viesen llorando. Creo que fue una de las pocas veces que lo vi llorar, con ese llanto callado, típico de los hombres que tratan de tapar, o mejor dicho mostrar su hombría, pero no por eso el dolor cambia. Mi madre se abrazaba muy fuerte con cada uno de sus hijos, como pretendiendo quedar petrificados para siempre en el abrazo. Hubo que separarla de mis hermanos en medio de llantos y gritos, en una despedida que duró al menos una hora. No había palabras, sólo se escuchaba a esa hora el llanto de mi madre y mis hermanos.

¡Por fin arrancamos! En ese momento observé una de las escenas más tristes que recuerdo. Mi madre mirando hacia atrás, con unas lágrimas que caían sin parar y le impedían respirar normalmente; su cara reflejaba un profundo dolor, viendo cómo sus hijos, todos abrazados y llorando, se iban alejando a medida que el carro tomaba velocidad, mientras mi padre continuaba con la cabeza agachada llorando en silencio. ¡Qué escena tan triste!

Apenas estábamos dejando atrás el pueblo, tuvimos que pararnos ante los llantos de mi madre. Se bajó del carro gritando y comenzó a correr por la carretera hacia el pueblo, como buscando desesperadamente terminar una aventura que apenas había comenzado. Después de unos veinte metros se detuvo repentinamente, se tambaleó un poco, cayó de rodillas y quedó contemplando el pueblo, como para grabárselo en su mente para siempre, a pesar de que todavía era oscuro. ¿Qué pensaría en esos momentos? En medio de su inmenso dolor, sabía que la pobreza y la búsqueda de un futuro mejor para su familia, exigía continuar adelante. ¡El amor que exige dolor!

Regresó de nuevo al carro. El viaje a Madrid duró unas diez horas, y ni un solo minuto esos ojos azules y pequeños de mi madre dejaron de llorar. Tardamos diez años en volver a ver a mis hermanos, y casi todas las tardes al oscurecer, en la pequeña habitación de la pensión donde vivíamos en la zona de El Cementerio, con la luz apagada, sentía el llanto silencioso de mi madre. Lloraba en silencio, lloraba para ella”

Una tarde le dije: “¿Mamá hasta cuándo vas a seguir llorando?” me respondió: “Carlos; trabaja duro, sacrifícate, logra un futuro y cuando eso suceda, porque sucederá si tú quieres que así sea, serás el mayor justificativo de estas lágrimas”. No supe que responderle; me puse a llorar con ella.

¿Me quedo o me voy de Venezuela? Difícil decisión.

Carlos Dorado / [email protected] / RunRunes

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