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¡LAS GUERRERAS DE UN PAÍS! Madres venezolanas hacen “lo que sea” por llevar comida a casa

Madres que madrugan más que otras madres. Que se montan en una camionetica cuando el sol aún no se asoma, con los niños en brazos, para rodar a Caracas, llevarlos al colegio, seguir a sus trabajos y al final de la tarde, volver a la parada para tomar otro bus que las llevará a una ciudad en la que sólo suelen dormir. Se cansan pero no lo demuestran: ya están acostumbradas a sus hogares en ciudades satélites y sus vidas en la capital, así comienza el reportaje especial de Contrapunto por el día de las madres.

Aunque llevan vidas ajetreadas, no escapan a la realidad venezolana que las reta a ingeniarse una estrategia para que nada falte en casa o las obliga a hacer una cola para comprar pañales, leche o cualquier otro producto básico.

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Sus vidas son muy distintas a las de aquellas que se dedican única y exclusivamente a ser madres, porque el hombre de la casa trabaja y aporta, porque las rutinas y dinámicas de vida y casa se desarrollan en contextos diversos, o simplemente porque son madres solteras. Sus días se alejan demasiado a los que recrean las mamás ejecutivas, cabecillas de empresas, esas que andan todo el día montadas en dos tacones, para terminar la jornada dejando el alma en un gimnasio.

Son las madres de a pie, más guerreras que otras -como ellas prefieren definirse- y escogidas por Contrapunto para mostrar tres historias, a partir de tres perfiles: la que se suda el título en una cola, la que lleva toda su vida bajando y subiendo a Caracas en transporte público y la que es madre y padre a la vez, pero que puede darse el lujo de decir que “en la casa nunca falta nada”.

En cola por los pañales

Desde las 8:20am, Paola espera en la entrada de una farmacia en Los Símbolos. Su esposo había pasado por ese lugar más temprano, vio una cola no tan larga, preguntó para qué era y enseguida le envió un mensaje de texto: “Llegaron los pañales a Farmatodo”. La mujer, quien desde hace cinco años tiene el “modo mamá” activado día y noche, se vistió rápido, arregló a sus dos hijos, salió de su casa en El Cementerio, se montó en una camionetica y al llegar, se plantó en la puerta del establecimiento con María, su nena de dos años en brazos, y Eduardo, un pequeño muy inquieto que la hacía correr tras él casi cada cinco minutos.

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“Aquí me quedo hasta que cuadre algo con el vigilante o hasta que alguien llegue y me haga el favor de comprármelos porque a mí no me toca hoy”, cuenta Paola. No le toca porque es jueves. Su cédula termina en 2. Esos no compran el jueves sino el martes. Y desde hace dos martes no puede comprar pañales porque no llegan o porque se acaban el día anterior. En la farmacia no saben si llegarán para cuando a ella le corresponda volver.

Es una faceta nueva en la que se pone a prueba como madre, de las más guerreras, porque no le queda otra opción sino esperar durante horas en una cola para comprar los productos que necesita, así tenga que recorrer varios sitios el mismo día, con todo y niños.

Paola no trabaja pero su esposo sí: es comerciante. Y aunque su pequeño de cinco años ya está en edad de ir al colegio, todavía no lo inscriben: “No hemos podido mandarlo”, se excusa. “Desde que nació María estoy sufriendo por los pañales. Con el primero no me costó, pero ni que fuera adivina, yo no sabía que la escasez nos iba a afectar hasta con los pañales pero, ¿qué voy a hacer? Soy mamá y tengo que hacerlo todo por mis hijos. No puedo darme por vencida”, dice.

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Aunque siempre está disponible para dedicarse a esa nueva actividad en supermercados y farmacias, en la que buena parte de los venezolanos ahora pasan sus días, esta madre venezolana suele extender el recorrido o esperar en una cola durante mucho tiempo más los fines de semana: “Una vez estuve casi ocho horas porque estaban vendiendo leche y pañales. Ocho horas con los niños así, el varón insoportable y la hembra llorando. Eso fue un sábado”, recuerda, mientras va perdiendo la esperanza de que alguien le haga el favor este jueves. En media hora, todos los que van llegando le han dicho que no, que ellos sí van comprar y que no están dispuestos a cederle ninguno de los dos únicos paquetes que les permiten llevar.

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Durante toda la mañana, de ese establecimiento van saliendo madres solas o acompañadas de sus hijos y esposos, como una joven que trabaja Locatel -delatada por el uniforme- con su bebé de meses cargado con el mismo brazo con el que sostiene la bolsa en la que van los pañales.

Al salir, la mayoría se sienta en una acera contigua a revisar la factura de la compra reciente: 70 Bs por cada paquete, que se encuentran con facilidad en la calle y a plena luz del día en el puesto de algún buhonero, pero ilegalmente más caro: hasta 500 Bs cada uno. Y allí, en esa acera, un grupo de mujeres sin sus hijos, porque los dejaron en una guardería, confiesan que más de una vez han tenido que comprar “por fuera”, pero no a cualquiera, sino a un conocido, de esos que ahora llaman “bachaqueros”.

Paola asegura que este fin de semana se dedicará a sus niños y a su esposo para celebrar su día. Se olvidará durante dos días de los insumos para el hogar “hasta el lunes, que vuelva a la realidad”. De regalo no pide nada en especial, salvo que le concedan un deseo que confiesa, no sabe quién se lo podrá conceder: “Si se tratara de un deseo, el mío como madre es que se acaben las colas”.

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De madrugada y en camionetica

¿Te gustaría tener un carro y ser una de esas mamás ejecutivas que anda siempre entaconada?, se le pregunta a Julia. Ella no duda en responder que no: “Mejor pregúntame si quiero ganarme el Kino. Eso sí quiero, pero de resto no, porque igual estaría en las mismas condiciones en esta ciudad tan complicada. Además, yo nunca quise aprender a manejar. Estoy conforme con mi vida y siempre trato de verle el lado positivo, porque puedo pasar más tiempo con mi chamo” dice, a las 5:35 pm, cuando ya lleva tres horas de cola. No para comprar algo, sino para montarse en un autobús que la llevará de regreso a Guarenas, con su hijo de seis años.

Esa ha sido su rutina desde hace 16 años y al convertirse en mamá, la adaptó a su entorno: cuando Renny tenía 10 meses de nacido empezó a subir con él a Caracas, de madrugada. “Nos levantamos a las 4:00 de la madrugada, todos los días. No lo baño porque lo dejo listo desde la noche anterior. Antes sí me tocaba vestirlo dormido, apenas sonaba el despertador. Luego me baño yo, preparo el desayuno para llevar, llamo al taxi para que nos lleve a la parada y a las 7:00 ya vamos llegando. Claro, cuando no nos agarra el tráfico pesado. Lo dejo en el colegio en La California, ahí le dan almuerzo y me lo tienen hasta las 5 y cuando salgo de mi trabajo en Macaracuay, lo paso buscando y aquí estamos, esperando el autobús que nos lleva otra vez a la casa”, cuenta la mujer de 42 años, evidentemente agotada por la jornada. Como ella, hay al menos 15 madres en esa cola de 150 personas y otras que se van incorporando al salir de la estación de metro más cercana.

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Julia dice que ya está acostumbrada y que al niño no le pega porque es la única vida que conoce, aunque en diciembre del año pasado, cuando se volteó una gandola de azúcar en la vía, pudieron subirse a la camionetica casi a las 11:00pm. “Mi hijo es un campeón. A veces en el camino de regreso se duerme, otras veces le traigo algo para que juege y se distraiga”, dice. Esta vez, Renny va sentado, simulando que baila reggaeton, al ritmo de la música que el chofer decidió poner a todo volumen para amenizar el viaje, mientras su madre habla: “Yo sí creo que soy más guerrera que otras, porque mis amigas del trabajo me dicen que me admiran, que no entienden cómo hago. Pero la verdad es que con los años una se acostumbra y eso que tengo el apoyo de mi esposo. Él sube antes que nosotros porque da clases en la Unefa. Las que no tienen un hombre como apoyo sí se ven más apretadas y las compadezco”.

En casa, madre y padre a la vez

Marleny pasó toda la semana repitiéndole a sus dos hijos, de 12 y 8 años, lo que quiere de regalo: “Que se porten bien, que no peleen y que me dejen ser y estar tranquila al menos en mi día, porque es que son muy tremendos”, y se ríe con picardía.

Ahora es madre y padre a la vez, pues su esposo murió de un infarto hace dos años y la dejó sola y asustada, convertida en una auténtica ama de casa, con sus dos niños, un apartamento y cuentas por pagar: “Cuando eso pasó yo no sabía qué hacer porque siempre me dediqué a mi casa, a ser mamá, sin preocuparme demasiado por los ingresos y por el tema económico. Mi esposo lo cubría todo. Lo único que yo hacía era turquear, vender ropa, bisutería, prendas. Y entonces me vi sola y con las riendas de la casa. Tuve que pensarlo todo de nuevo y armarme un plan formal para terminar de criar a mis hijos mientras trabajaba por mi cuenta”.

Reportaje especial de Contrapunto por Airam Fernández.

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