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¡SÓLO EN SOCIALISMO! Estudiantes dejan las clases para “bachaquear” en Venezuela

Estudiantes dejan las clases para bachaquear. Los chamos se ganan 2 mil bolos con un morral de productos. Los adultos pasan la frontera con 4 cauchos nuevos, los venden en Colombia y regresan con llantas lisas.

Andrés y Marco son dos liceístas de San Antonio del Táchira que dejaron de jugar videojuegos para hacer dinero.

Estudiantes Bachaqueros en Venezuela

Usan camisa azul y se jubilan de las clases en el liceo “Manuel Díaz Rodríguez”, para llevar productos a la ciudad colombiana de Cúcuta todos los días a las 03:00 pm: “Mire, en el morral llevamos dos potes de leche, cuatro cremas dentales y cuatro jabones, por eso nos ganamos 2.000 bolos”, explican con sorpresa.

A veces han pensado en dejar el bachillerato y ponerse a viajar todos los días. “Todo el mundo lo hace y nosotros empezamos por casualidad, pero ahora ya no tenemos tiempo ni pa’ jugar Playstation. Si no viajamos a Colombia, vendemos cupos de filas a 100 o 150 bolos”, explica Marco, riendo.

El joven se refiere a la práctica de hacer largas colas en supermercados y distribuidoras, desde la madrugada, y luego venderles su puesto a las personas que necesitan comprar productos de primera necesidad, como lo hizo el sábado pasado cuando las autoridades visitaron la frontera para implementar medidas contra el contrabando.

“De aquí vamos a salir con una ofensiva a la calle con la Ley de Precios Justos en la mano, porque el contrabando es el gran negocio criminal del sistema capitalista que solo le importa convertir los alimentos en mercancía y generar recursos al menor costo posible”, declaraba ese día el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, en su visita al estado Táchira, donde se decomisaron más de 40 toneladas de alimentos acaparados.

Cauchos y gasolina. Omar Pernía trabaja de taxista en los alrededores de la alcabala de Peracal, por lo que cruza la frontera a diario con clientes de ambos países: “Le voy a contar que es una vagabundería, se montan los cuatro cauchos nuevos en San Cristóbal, Mérida o Barinas y los venden en Cúcuta ganando como 200.000 pesos por cada uno (al cambio unos 8000 Bs). Para volver se vienen con llantas lisas”, asevera.

Al preguntarle si lo ha hecho, Pernía suelta la risa: “Uno se rebusca, compadre. Imagínese que por una pimpina de gasolina de 20 litros, puesta en Cúcuta, le dan a uno 23.000 pesos que son como 800 bolívares, más o menos”.

Además confiesa que a los contrabandistas de gasolina les queda un promedio de Bs. 8000 por los litros que le sacan a las camionetas y autobuses.

“Están llevando aluminio, hierro, chatarra y todo el contrabando de extracción como harina pan, leche, azúcar y todo lo que falta aquí”, dice Juancho Flores, vecino de la población fronteriza.

Antes de llegar a Cúcuta, a cinco minutos de la frontera venezolana, está la población de La Parada donde habitualmente los venezolanos solían comprar verduras y productos colombianos durante todo el siglo XX.

“Esos negocios están llenos de paquetes de harina, azúcar y productos de higiene personal como desodorantes, jabones, champú y crema para peinar porque les salen regalados al cambio. Ese es el problema si el bolívar sigue bajando no va a existir poder humano que evite el contrabando, porque la ganancia es enorme”, se queja Flores mientras hacía la cola para comprar pan a un precio de 45 a 50 bolívares, porque la harina de trigo usada en las panaderías de San Antonio, viene de Colombia, lo que encarece el producto.

La harina pan en esta frontera cuesta entre Bs 30 y 50, la bolsa de azúcar 30, explica Flores quien se queja de la escasez. El barrio La Muralla, cerca de la alcabala de Peracal es un centro incesante de “bachaqueo” donde los hombres se convierten en malabaristas para cargar decenas de kilos de productos venezolanos en sus bicicletas: “Acá se pasan las cosas por el río Táchira y las trochas desde hace décadas y ahora es que el Gobierno viene a quejarse. Van a tener que mejorar la economía para que suba el bolívar o crear una moneda nueva para nosotros en la frontera, pero esto ya no hay quien lo aguante”, se queja el vecino.

Mientras tanto Andrés Marco están castigados por sus padres, pero en lo único que piensan es en sus pérdidas: 6.000 bolos en tres días encerrados en sus cuartos, reseña UN.

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